ADICCIONES

Uno nace adicto a la emoción.

A la emoción por sentir desaforadamente.

Primero a llorar, a llamar la atención. En ese momento, el bebé ya siente, ya se da cuenta de que su llanto produce una respuesta en sí mismo y en los demás.

A medida que va creciendo, aprende a caminar, a correr. Descubre la adrenalina. Bendito y maldito momento ese, el que nos conducirá a buscar esa sensación en cualquier parte.

Después aprende a comunicarse verbalmente. También se da cuenta de que sus fonemas influyen en las personas de su entorno.

La influencia, una adicción de las que menos se habla, pero, como vemos, de las que más presentes están en la vida del ser humano.

Por supuesto, influencia y adrenalina van de la mano. Así como el resto de las adicciones a las sensaciones. No creo que exista mejor forma para definirlas.

Cuando uno es totalmente consciente de lo que las sensaciones son capaces de producir en nuestro organismo, ya no existe la vuelta atrás. Cuando la parte inconsciente de nuestro cerebro segrega las sustancias necesarias para hacernos sentir humanos, comienza también la decadencia del ser; así como la magnificencia.

En definitiva, esa es la naturaleza aparente del ser humano: la contradicción. Y, por supuesto, será ella la que nos conducirá a una vida de vaivenes emocionales a la que nos haremos completamente adictos.

No obstante, resulta que nosotros mismos descubrimos que el planeta que nos acoge también está repleto de elementos que nos hacen emocionarnos. Y si no es así, de una manera automática, los creamos.

DROGAS

¡Ay, drogas!

No existe absolutamente nada que nos produzca un incremento emocional tan poderoso.

Hay depresores del sistema nervioso y, cómo no, las hay que afectan en el sentido opuesto. Qué sería de nuestra citada contradicción si no se manifestase en las sustancias.

Por supuesto, todo deriva de la propia naturaleza que nos rodea, una naturaleza que construye destruyendo.

¡Cómo me gustaría haber visto al primer ser humano que decidió probar una planta para ver que sucedía!

Sí, compañeros de vida: la curiosidad. Esa que nos afecta tan profundamente a la hora de tomar decisiones, siempre del todo correctas. ¿Verdad?

Imaginemos dos de los primeros humanos paseando por un bosque, y que ambos probaron la misma planta. Continuemos ejercitando esa cualidad; ambos sintieron algo tremendo: un incremento de sus capacidades, tanto físicas como intelectuales. Comprobaron que podían realizar su trabajo y comunicarse con una mayor rapidez. Obviamente, su mente les transmitió que esa planta era beneficiosa y, por supuesto, la continuaron tomando. Es más, lo compartieron con la comunidad. Desde ese momento, toda la comunidad hizo del uso de la planta una costumbre, un hábito.

Podemos decir que los primeros humanos eran unos auténticos fenómenos de la experimentación. No existían antecedentes de cómo una planta podía afectarlos. Pero esa curiosidad inherente al ser humano es la misma que nos lleva a la tan indeseada adicción a una sustancia.

Y los motivos no han cambiado, siguen siendo la curiosidad y el hábito las sensaciones que nos conducen a la adicción a una sensación.

OTRAS ADICCIONES

El juego, el dinero, el poder y el sexo son otras de las adicciones más comunes. No obstante, el desencadenante es el mismo: Las sensaciones.

Como conclusión se podría decir que los humanos ya nacemos adictos, y que depende de cada uno de nosotros que las sensaciones nos dominen.

Si nosotros conseguimos dominarla, la adicción a la sensación nos habrá llevado a conocer la LIBERTAD. Y esta es, sin duda, la mayor de las adicciones.

Estándar

Los jóvenes de hoy, en su mayoría, están sometidos a la sencillez, y así se manifiesta en sus expresiones culturales más populares.

Sus modelos para seguir son personas con una formación casi nula que consiguen, por medio de unos determinados recursos, llegar a millones de personas e influenciarlas, me atrevería a decir que incluso a modificar su carácter.

La libertad, quizá, está siendo malinterpretada o quizá esté llegando a su punto álgido, a pesar de que algunos comunicadores se empeñen en decir que nuestros derechos están siendo cercenados. La cuestión es si la sociedad debe establecer una definición objetiva de la misma.

Claramente vemos cómo políticos de todas las ideologías utilizan LA PALABRA para ganar votantes.

A mi modo de ver, el ciudadano libre tiene que actuar, pensar y sentir como le venga en gana. Obviamente, sin dañar en el proceso a ningún otro ciudadano.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer? ¿Llegar a un consenso, o dejar que cada individuo se exprese de la forma y modo en que desee, aunque conlleve un perjuicio para el resto de la sociedad? Un perjuicio, también y totalmente subjetivo, claro está.

CIUDADANOS LIBRES

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