REGALOS DE NAVIDAD

Es decepcionante sentir que esta pandemia no acaba nunca.

Es abrumador contemplar cómo se va llevando gente y nadie en el mundo es capaz de detenerla.

Me pregunto si en algún momento se convertirá en un catarro, como dicen algunos, o si, por el contrario, seguirá mutando hasta que no podamos soportarlo más. Ni económicamente, ni emocionalmente.

Lo que está claro es que tenemos que ser duros. Echar la vista atrás y reconocer a esa generación que no tuvo nada y lo vivió todo. A esos que tenemos encerrados en geriátricos porque no queremos saber nada de ellos. Quizá tengan la solución dentro de su corazón y nosotros no sepamos verlo.

El otro día vi en la tele lo que pedían como regalo de navidad: amor, comprensión y paz.

Pero estamos tan obcecados en nuestra perspectiva acumulativa que no nos damos ni cuenta de ello.

Aun así, gracias a salir de esa perspectiva en la que nos vemos inmersos, he visto cómo, en la calle, todavía queda gente valiente. Capaz de dar sin recibir, de aportar sin exigir.

Bien sabemos todos que las sonrisas se cotizan caro hoy en día. Pero es algo realmente bonito de regalar; incluso, en la mayoría de los casos, es contagiosa y terapéutica.

No tenemos por qué seguir lo que vemos, cada día, en el congreso de los diputados. Es más; no tenemos ni que prestarles atención. Que ellos mismos se destruyan en su vorágine ridícula de egos opulentos y sedientos de tormento. Porque no es otra cosa lo que buscan.

Obviamente, ellos no lo saben. Están demasiado ocupados acumulando poder para imponer su estúpido ideal que ya se ha quedado completamente obsoleto.

Hoy en día ya no necesitamos de ideologías.

Lo que necesitamos es el regalo que pide esa generación tan sabia que, por un momento, nos emociona hasta que cambiamos el canal de nuevo.

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